Relatos, cuentos y otras historias…



sábado, 9 de septiembre de 2017

La vida a veces

La vida a veces me resulta tan cuesta arriba que creo no llegar. Me ahogo. Hay tantas vidas y yo me pregunto qué hice para tener que soportar la mía. Tantas y tantas y me tocó esta. No sé si dar las gracias o tirarme por la ventana. Depende cómo se mire y desde qué lugar y posición del mundo. Tu vida depende incluso a veces de la mirada de otro. Puedo ser una auténtica desgraciada o una absoluta privilegiada, según quién juzgue tu dolor. Siempre hay dos versiones, te dirán. Pero tú sólo conocerás una.
Y  aquí, justo desde mi piel y mis huellas dáctilares, no puedo ser objetiva. Lo siento, no puedo. La oscuridad lo ciega todo.

Se me pasa a ratos. Cuando veo la soledad como un don divino, o cuando leo tus palabras.

En ocasiones hasta sonrío. Y, hasta a veces, la vida parece un lugar bonito.

jueves, 3 de agosto de 2017

La mujer que acariciaba las olas

Aquella mañana el mar despertó tranquilo y, aprovechando la suavidad, el pececito se había acercado más de lo habitual a la orilla.

Fue ahí donde el pececito vio a una mujer. Estaba agachada, con el agua hasta los tobillos y sus manos dentro de ella.

El pececito no tuvo miedo; solo sintió que era lo más hermoso que jamás había visto, como un cuadro en movimiento recién cobrado vida. Y si aquella estampa del paraíso podía moverse por qué no él, pensó. Y el pececito, en su afán por amar a aquella mujer, inventó un par de piernas para ir en su busca, dos brazos para poder abrazarla como nunca antes lo hubieran hecho y un pecho lo suficientemente grande que pudiera albergar un par de corazones, el suyo y el de ella.

Sobra decir que al pececito no le salieron piernas, ni brazos, ni siquiera estaba seguro que tuviera corazón, pero él no desistió y comenzó a acercarse como pudo a la mujer.

Ella seguía allí, refrescando sus muñecas y antebrazos. El pececito, mientras, nadaba contra la fuerza de la corriente intentando que no le devolviese al mar abierto. Su pequeña pancita ya rozaba contra la arena del fondo pero veía cada vez más cerca las manos de la mujer que, despreocupadas, parecían acariciar la espuma que las olas le dejaban a su regreso.

El pececito quería ser acariciado también por esas manos y siguió su lucha, arañándose, casi sin espacio para poder respirar. Ya llegaba, la veía tan cerca, a punto de pasar entre sus dedos, cuando una fuerte ola le revolcó. Comenzó a dar miles de vueltas, dejándole mareado y sin saber dónde estaba y, casi sin darse cuenta, se vio fuera del agua.
Estaba tumbado en la playa, el sol le quemaba y no podía respirar. Abría grande la boca y las branquias, y daba pequeños saltos en un intento desesperado por poder llegar de nuevo al mar.
Sabía que iba a morir pero lo único que le importaba es que no había podido llegar hasta ella. Solo quería que aquello terminase cuanto antes, no por la angustia de la asfixia, sino por el dolor de saber que no volvería a verla.

Fue entonces cuando notó que le agarraban desde abajo muy despacio. Apenas veía ya pero consiguió entreabrir un poco los ojos y mirar hacia arriba. Una mujer le miraba con ternura y le llevaba entre las palmas de sus manos, con tanto cuidado como si fuera de cristal. Su pelo se enredaba en sus mejillas y se confundían con los rayos del sol. ¿Estaba soñando? ¿O alucinaba? Quizá era la antesala de la muerte que le regalaba la última imagen de su vida, la más bonita que podía ser, la de la mujer que acariciaba las olas.

Llegaron hasta la orilla y después de adentrarse un poco más en el agua ella se agachó, lentamente abrió sus manos dejando que estas se llenaran de agua y el pececito pudiera nadar. Una bocanada de agua y oxígeno le inundó haciendo reaccionar a sus aletas y cola, y poco a poco se dejó deslizar hacia el mar.

Ya dentro del agua pudo ver que la mujer le continuaba mirando y, aunque él quería seguir viviendo, se resistía a abandonar la orilla, a abandonarla a ella, y a sus manos. Manos que deseó, manos que le salvaron la vida y que, finalmente, consiguió que le acariciaran.

La fuerza de la marea hizo el trabajo duro y adentró, contra su voluntad, al pececito al mar.

martes, 27 de junio de 2017

Sueño

No despertemos de este sueño, por favor, porque no puede ser real.

Tú, yo. No somos verdad.


Te ruego seguir soñando. Por si acaso.

Porque quiero seguir viendo sonrojar tus mejillas, tu risa en mi cuello, el verano en tu pelo.


Sigamos durmiendo, sigamos soñando.


Porque aún no he escuchado llover suficientes veces a tu lado, ni he puesto nombre a todos tus lunares.


No, por favor, no me despiertes.


Porque te había imaginado tanto tiempo, aquí, justo donde estás ahora.


No, no despertemos.


Tú ríes, y me dices que es verdad. Que tú y yo estamos juntos.


Y tus dedos que acarician mis labios se deslizan por mi cuello, rozan mi hombro y llegan hasta mi brazo.

Siento un suave pellizco. Tú mientras sonríes. Es dulce, como tú. Pero de la suavidad paso al dolor.
Un dolor insoportable, cada vez más agudo que comienza a recorrer todo mi cuerpo. Mis manos han quedado agarrotadas y mis rodillas se doblan convirtiéndose en papel.
Tú sigues sonriendo mientras me ves caer como un plomo al suelo.

Quiero hablarte pero no puedo mover la boca que ha quedado sellada.

Y escucho dentro de mí un estruendo que hace voltear la habitación. El suelo se ha hecho techo mientras veo caer como lluvia todas las cosas a mi alrededor.

Las sillas, la mesa, los libros… todo está cayendo menos yo que quedo como un imán atrapado en una fuerte atracción.

Siento un peso que se agarra desesperadamente a mi brazo. Eres tú.

Suplicas con la mirada que no te deje caer. Pero, igualmente, sigues sonriendo.

No puedo ayudarte, amor, no puedo. No puedo moverme. Agárrate fuerte a mí.

Pero noto como pierdes fuerza y tus dedos van cediendo a la gravedad, arañando tus uñas mi piel en un último aliento por no caer.

Te sueltas. Y yo no puedo gritar, no puedo ir contigo.

Solo puedo ver como desapareces en el abismo.

Te pedí seguir durmiendo, amor. Seguir soñando.

martes, 20 de junio de 2017

Dentro de mí

Te hice pequeñito, diminuto, casi invisible.

Para hacerte desaparecer en mí.

Para que viajaras por mis venas y dilataras mis pupilas.


Te hice pequeñito, diminuto, casi invisible.

Para llevarte siempre conmigo.

Para que jugaras en mis pechos y durmieras en mi cuello.


Te hice pequeñito, diminuto, casi invisible.

Para no perderte nunca.

Para que navegaras por mis ríos y atracaras en mi seno.


Te hice pequeñito, diminuto, casi invisible.

Para respirarte cada vez que te pienso.

Para acompañar al aire que te hiciera deslizar hasta mis pulmones y flotar en ellos.


Te hice pequeñito, diminuto, casi invisible.

Para abrir todos mis poros que gritan tu nombre.

Para que escucharas mi corazón desde dentro.

domingo, 4 de junio de 2017

Nunca es tarde

Cuentan, que hace mucho, mucho tiempo, un hombre vio entrar a una mujer.

Se miraron hasta creer detener el tiempo, sin embargo ninguno de los dos pudo hablar; la mano del temor presionaba fuerte sus bocas.

No se volvieron a encontrar pero, sin ellos saberlo, habían quedado unidos para siempre con un hilo invisible que unía un corazón al otro. No lo podían ver aunque, en ocasiones, creían sentirlo cuando alguno de los dos se alejaba un poquito más y un leve tirón en el alma les hacía retroceder y volver a su recuerdo.

Muchas veces, sin saber por qué, mordían sus labios hasta hacerlos sangrar e intentaban atar sus manos para no tocar a otros cuerpos. Pero fue imposible que el hilo no se enredara en otros nombres que no eran los de ellos. Porque la vida siguió, casi sin masticar, engulléndolos por completo, negando que se seguían buscando en silencio, porque creyeron que era más fácil vivir así, dándose por perdidos.

Pero una noche, a cada uno de ellos una punzada les despertó, justo allí, donde tenían atado el hilo a su pecho. El dolor lo hizo visible y la nostalgia les empujó a seguirlo ahora que podían verlo; y cada uno desde su extremo empezó a recorrerlo.

Dicen que no fue fácil y que el camino duró mucho, mucho tiempo hasta que, por fin, las manos de uno y otro se encontraron en el mismo hilo que tantos años atrás les había unido en secreto.

sábado, 3 de junio de 2017

Ángel

Y tumbada aún después del milagro,
te vestí de ángel e imaginé que volabas hacia la calma,
hacia el vivir eterno en mi recuerdo.

Inventé para ti el más bonito de los cielos,
sin sospechar que todavía eras cuerpo,
y no alma como quisieron vendernos.

No hubo llanto, no hubo tacto,
no hubo encuentro.
No hubo beso, no hubo abrazo,
no hubo manita agarrando mi dedo.

Solo hubo un duelo,
el dolor de saberte mío y no serlo.
El dolor del engaño, el dolor de la muerte en vida,
de la vida de un muerto.

Y tumbada aún después del milagro,
te vestí de ángel e imaginé que volabas hacia la calma,
hacia el vivir eterno en mi recuerdo.


Poema recitado en las jornadas culturales "Bebés robados en la memoria viva."

domingo, 11 de diciembre de 2016

Contigo sin ti

El olor a tabaco me despertará. Y te veré salir de la habitación dejando tras de ti un rastro de humo. Tumbada aún en la cama recorreré con la mirada la grieta del techo. La misma grieta de todas las mañanas, la misma grieta que parece querer partir en dos la habitación.

Volverás a entrar para abrir sin compasión las cortinas de la ventana dejando entrar la luz del día que, violenta y sincera, me devolverá a la realidad. Qué lejos quedará la noche anterior, donde todo se prometerá, todo cambiará y hasta todo parecerá verdad. Y entre aquella seductora nebulosa de mentiras que ambos crearemos, volveré a subir los escalones que me lleven a tu casa, incluso con la osadía de creer haber ganado. Pero no es cierto, contigo siempre pierdo. Y nunca aprendo, aunque me lo apunte a fuego en algún lugar entre el corazón y mi sentido común.

Después de descubrir la mañana ante mis ojos, te quedarás mirándome mientras sonríes. Y me dirás algo que ni siquiera recordaré. Porque en menos de cinco minutos escucharé cerrarse la puerta y sabré que, una vez más, te habrás marchado. Será entonces cuando me quedé sola y perdida en una cama de sábanas frías, odiándote como jamás podría odiar a nadie, odio que sólo podré sentir escasos minutos, hasta volver a amarte por encima de todo.

Me levantaré y recogeré mis cenizas para salir de aquella habitación cual preso sale de su celda, prometiéndome en voz alta que aquella será la última vez que pise tu casa, la última vez que el humo de tu cigarrillo me despierte, la última vez que mire la grieta del techo partirse sobre mi cabeza, la última vez que la luz de la mañana entre por tu ventana para desmaquillarte de lo que nunca fuiste.

No habré cerrado aún tu puerta cuando ya sepa que jamás cumpliré mi promesa.