Una tarde más Roberto se dirigía al cine. A uno de esos cines que se resistían a perecer en medio de una gran ciudad plagada de inmensos centros comerciales con multitud de pequeñas salas de cine impersonales y de trato mecánico por parte de sus trabajadores. Este cine era diferente. Tenía una gran sala que aún conservaba los asientos de madera, un telón rojo custodiando los laterales de la pantalla y una majestuosa lámpara de cristal en el techo. Un amable acomodador, con aire bonachón, todavía te acompañaba hasta el asiento con una pequeña linternita. El olor a palomitas viajaba por el aire y por dos horas la vida se convertía en una película.
Una tarde más Roberto había planchado su mejor camisa, había limpiado sus zapatos y había perfumado su cara y cuello tras afeitarse minuciosamente como siempre hacía en tardes como aquéllas.
Llegó a la entrada del cine. Siempre puntual a la hora que abría la taquilla. Apenas tres personas esperaban en fila india a ser atendidas. Se puso detrás de la última. Despacio se asomó tras la cabeza del gran señor que tenía delante. El reflejo del sol sobre el vidrio de la taquilla no le dejaba ver con claridad. Se puso de puntillas buscando un hueco de transparencia que le dejara verla. Allí estaba. Un día más la chica de tirabuzones y ojos negros, de gesto tímido y pecas sobre las mejillas, atendía uno por uno a las personas que le precedían en la cola. Siempre con una sonrisa repartía las entradas y les deseaba amablemente que les gustara la película.
Era el turno del señor que tenía delante. Roberto, nervioso, comenzó a pensar qué hacer. Había pasado demasiado deprisa la fila y ya iba a ser su turno. Empezó a disimular mirando el enorme cartel de la película que presidía la fachada del cine. Miró hacia atrás. Varias personas se habían agolpado tras él. Se apartó de la cola dejándoles pasar. Ahora había mucha más gente y se puso en el último lugar, así tendría mucho más tiempo para contemplarla.
Demasiado rápido llegaba su turno nuevamente. Repitió la misma operación una vez más, en esta ocasión haciendo que buscaba su cartera y dejó pasar a los ansiosos futuros espectadores que tenía detrás.
Por más que le hubiera gustado que esa fila fuera eterna, llegó su turno de nuevo y la película estaba a punto de empezar.
Un paso hacia delante y se encontró frente a ella. La taquilla desafiante, altiva, les separaba. El círculo del vidrio enmarcaba su bonita cara y él no podía dejar de mirarla. Con un hilo de voz pidió lo mismo de todas las tardes, una única entrada en el lateral de la última fila. Ella sonrió mientras pasaba la entrada por debajo del frío cristal. Tembloroso sacó el dinero. Quería rozar su blanca piel. Sentir la delicadeza de su mano. Milímetros escasos le separaban mientras le daba aquel billete.
-“Veo que le gustó la película. Espero que la disfrute otra vez".
Roberto no se atrevió a levantar la mirada. Sólo pudo esbozar una leve sonrisa mientras recogía el cambio.
¡Se acordaba! ¡Se acordaba de él! Exclamaba en su interior explotando de alegría. Apenas hizo caso a la película que hacía dos semanas había ido a ver. No, no era la película. Era a ella a la quería ver, la misma que ahora le había dicho que le recordaba.
En los días siguientes no pudo evitar lamentarse de no haberse atrevido a hablarla. A no haber parecido un estúpido tímido que se quedó mudo y que no supo qué contestar. Tantas veces había soñado con ese momento y lo dejó escapar.
Hoy será el día, se prometió a sí mismo. Planchó su camisa, limpió sus zapatos y después de afeitarse cuidadosamente se perfumó.
Anduvo despacio por la calle, repasando mentalmente las frases correctas que le iba a decir. Quizá un café a la salida del trabajo o tal vez un paseo por el parque, en esta época del año está muy bonito. Antes de invitarla a salir le preguntaría su nombre. En sus miles de sueños con ella había fantaseado con tantos nombres… Tantos para una misma mujer. Tenía que ser muy bonito, tanto como ella. Hoy se atrevería a romper el grueso vidrio que les separaba.
Le quedaban diez metros escasos para doblar y encontrarse de frente con su cine. Notó que las manos le comenzaban a sudar. Agarró con más fuerza la pequeña rosa que le llevaba y la sujetó con firmeza en su mano.
Dobló la esquina. Y en ese momento su mundo paró. La fuerza de la mano que sujetaba la rosa desapareció dejándola caer al suelo. Un gran letrero donde debía estar el cartel de la película escupía en letras grandes y rojas CERRADO.
Roberto, atónito, no podía ni parpadear. Miró hacia los lados. ¿Se trataba de una broma?
Despacio se dirigió hacia la taquilla. No había nadie haciendo cola. No había una fila en la que ponerse una y otra vez al final de ella. No había dulce espera. Ni nadie detrás de aquel cristal. Dentro de la taquilla oscuridad. Y delante del círculo donde antes veía la cara de ella ahora otro pequeño cartel también avisaba que el cine había cerrado.
-“Una pena. Al final el centro comercial con sus multicines ha podido con él".
La voz le llegó por detrás de su hombro. Se dio la vuelta. Un anciano miraba con tristeza el mismo cartel mientras le explicaba a Roberto el motivo de la noticia más triste del mundo.
El señor, negando con la cabeza, se alejó arrastrando los pies. “Dinero, maldito dinero”, se le escuchaba murmurar mientras se alejaba.
Tuvieron que pasar varios minutos hasta que Roberto se pudo mover de allí. Cabizbajo se fue alejando de la taquilla, del cine, del pequeño mundo donde se escondía aquella mujer sin nombre.
Lo que más le dolió fue no haber podido agradecerle las miles de sonrisas que le regaló llenando de felicidad tantas tardes de cine.
Roberto no tuvo más tardes así. Nunca volvió a esperar en una fila como esperaba en aquélla. Y jamás fue a aquel centro comercial.
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"Tantas veces había soñado con ese momento y lo dejó escapar"... que familiar me suena todo esto!.
ResponderEliminarQuizás algunos sueños estan hechos de humo y cuando los miramos de frente se nos escapan de las manos...
enhorabuena!
Andrés Del Collado